10. El movimiento de los trabajadores fue un movimiento a favor del trabajo

El clásico movimiento de los trabajadores, que vivió su ascenso sólo mucho tiempo después de la declinación de las antiguas revueltas sociales, ya no luchó contra la exigencia del trabajo, sino que desarrolló una verdadera hiperidentificación con lo aparentemente inevitable. Sólo aspiraba a «derechos» y a mejoras internas de la sociedad del trabajo, cuyas coerciones tenía ya ampliamente interiorizadas. En vez de criticar radicalmente la transformación de energía en dinero como fin en sí mismo irracional, él mismo asumió «el punto de vista del trabajo» y comprendió la valorización como un hecho positivo y neutro.

De esta manera, el movimiento de los trabajadores asumió la herencia del absolutismo, del protestantismo y de la Ilustración burguesa. La infelicidad del trabajo se convirtió en falso orgullo del trabajo, redefiniendo como «derecho humano» su propio adiestramiento como material humano del dios moderno. Los ilotas domesticados del trabajo volvieron ideológicamente, por así decir, el fetiche contra el brujo, transformándose en misioneros para reclamar el «derecho al trabajo» y, por otro lado, reivindicar el «deber de trabajo para todos». No se combatió a la burguesía como soporte funcional de la sociedad del trabajo, sino que al contrario se la insultó como parasitaria, exactamente en nombre del trabajo. Todos los miembros de la sociedad, sin excepción, debían ser reclutados coercitivamente por los «ejércitos del trabajo».

El propio movimiento de los trabajadores se transformó, así, en el marcapasos de la sociedad del trabajo capitalista. Fue el que impuso los últimos grados de objetivación contra los soportes burgueses limitados del siglo XIX y comienzos del XX en el proceso de desarrollo del trabajo; de un modo semejante al que la burguesía había heredado del absolutismo un siglo antes. Esto sólo fue posible porque los partidos de trabajadores y los sindicatos, en el transcurso de su divinización del trabajo, se relacionaron también positivamente con el aparato del Estado y con las instituciones represivas de la administración del trabajo que, al fin de cuentas, no querían suprimir, sino, en una cierta «marcha a través de las instituciones», ocupar. De esta forma asumieron, como anteriormente hiciera la burguesía, las tradiciones burocráticas de la administración de hombres en la sociedad del trabajo que viene desde el absolutismo.

Pero la ideología de una generalización social del trabajo exigía también una nueva relación política. En lugar de la división en estamentos con «derechos» políticos diferenciados (por ejemplo, derecho electoral censitario), en la sociedad del trabajo sólo parcialmente impuesta fue necesario que apareciese la igualdad democrática general del «Estado de trabajo» consumado. Y los desperfectos en el funcionamiento de la máquina de valorización, a partir del momento en que ésta pasó a determinar toda la vida social, exigían ser equilibrados por un «Estado Social». También para esto, el movimiento de los trabajadores aportó el modelo. Bajo el nombre de «socialdemocracia», se convirtió en el mayor movimiento civil de la historia que, sin embargo, no podía sino cavar su propia fosa. Pues en la democracia todo se torna negociable, menos las coerciones de la sociedad del trabajo que están axiomáticamente presupuestas. Lo que se puede discutir son sólo las modalidades y la orientación de estas coerciones: siempre es posible elegir entre Omo y Persil [marcas de jabón en polvo para lavadoras, T.], entre la peste y el cólera, entre la estupidez y el descaro, entre Kohl y Schröeder.

La democracia de la sociedad del trabajo es el sistema de dominación más pérfido de la historia –es un sistema de auto-opresión. Por eso, esta democracia nunca organiza la libre autodeterminación de los miembros de la sociedad sobre los recursos colectivos, sino sólo la forma jurídica de las mónadas de trabajo socialmente separadas entre sí, que, en la concurrencia, arriesgan su piel en el mercado de trabajo. Democracia es lo opuesto a libertad. Y así, los seres humanos de trabajo democrático se dividen, necesariamente, en administradores y administrados, empresarios y emprendidos, élites funcionales y material humano. Los partidos políticos, en particular los partidos de los trabajadores, reflejan fielmente esta relación en su propia estructura. Conductor y conducidos, VIPs y pueblo, militantes y simpatizantes apuntan a una relación que ya no tiene nada que ver con un debate abierto y toma de decisiones. Forma parte de esta lógica sistémica el que las propias élites sólo puedan ser funcionarios dependientes del dios-trabajo y de sus orientaciones ciegas.

Como mínimo desde el nazismo, todos los partidos son partidos de los trabajadores y, al mismo tiempo, partidos del capital. En las «sociedades en desarrollo» del Este y del Sur, el movimiento de los trabajadores se transformó en un partido del terrorismo estatal de modernización tardía; en Occidente, en un sistema de «partidos populares» con programas fácilmente sustituibles y figuras representativas en los media. La lucha de clases está en su fin porque la sociedad del trabajo también lo está. Las clases se muestran como categorías sociales funcionales del mismo sistema fetichista, en la misma medida en que este sistema se va extinguiendo. Si socialdemócratas, verdes y ex comunistas destacan en la administración de la crisis desarrollando programas de represión especialmente infames, con esto se muestran como los legítimos herederos del movimiento de los trabajadores, que nunca quiso nada más allá de trabajo a cualquier precio.

«Llevar el cetro, debe el trabajo,
siervo sólo debe ser quien en el ocio insiste;
Gobernar el mundo, debe el trabajo,
Pues sólo por él, el mundo existe.»
Friedrich Stampfer, 1903