4. El agravamiento y la desmentida de la religión del trabajo

El nuevo fanatismo del trabajo, con el cual esta sociedad reacciona a la muerte de su dios, es la continuación lógica y la etapa final de una larga historia. Desde los días de la Reforma, todas las fuerzas fundamentales de la modernización occidental preconizaron la santidad del trabajo. Principalmente durante los últimos 150 años, todas las teorías sociales y corrientes políticas estaban poseídas, para decirlo de algún modo, por la idea del trabajo. Socialistas y conservadores, demócratas y fascistas combatieron hasta la última gota de sangre, pero, a pesar de toda la animosidad, siempre llevaron, en conjunto, sacrificios al altar del dios-trabajo. «Apartaos los ociosos», decía el Himno Internacional del Trabajo, y «el trabajo libera», se declaraba terroríficamente desde los portones de Auschwitz. Las democracias pluralistas de la posguerra se pronunciaron aún más a favor de la dictadura eterna del trabajo. Incluso la Constitución del Estado de Baviera, archicatólico, enseña a sus ciudadanos a partir del sentido de la tradición luterana: «El trabajo es la fuente del bienestar del pueblo y está bajo la protección especial del Estado». Al final del siglo XX, casi todas las diferencias ideológicas desaparecieron. Quedó el dogma cruel según el cual el trabajo es la determinación natural del hombre.

Hoy, la propia realidad de la sociedad del trabajo desmiente este dogma. Los sacerdotes de la religión del trabajo siempre predicaron que el hombre, por su supuesta naturaleza, sería un animal laborans. Solamente se tornaría humano en la medida en que se sometiese, como Prometeo, a la materia natural y a su voluntad, realizándose a través de sus productos. Este mito de explorador del mundo y demiurgo que tiene su vocación fue desde siempre un escarnio en relación al carácter del proceso moderno de trabajo, aunque en la época de los capitalistas-inventores, del tipo de Siemens o Edison y sus empleados cualificados, tuviese aún un sustrato real. Hoy, este gesto es totalmente absurdo.

Quien actualmente se pregunta todavía por el contenido, sentido o fin de su trabajo se vuelve loco –o un factor de perturbación del funcionamiento del fin en sí mismo de la máquina social. El homo faber, antiguamente orgulloso de su trabajo y con su gesto limitado aplicándose en serio a lo que hacía, hoy está tan pasado de moda como la máquina de escribir mecánica. La Rueda tiene que girar de cualquier modo, y punto. De la invención de sentido son responsables los departamentos de publicidad y ejércitos enteros de animadores y psicólogos de empresa, consultores de imagen y traficantes de drogas. Donde se balbucía continuamente un blablablá sobre motivación y creatividad, de eso nada quedó, a no ser el autoengaño. Por eso cuentan hoy las habilidades de autosugestión, autorrepresentación y simulación de competencia como las virtudes más importantes de los ejecutivos y los trabajadores especializados, las estrellas de los media y los contables, los profesores y los guardas de estacionamiento.

También la afirmación de que el trabajo sería una necesidad eterna, impuesta al hombre por la naturaleza, se volvió, con la crisis de la sociedad del trabajo, ridícula. Desde hace siglos se predica que el dios-trabajo necesitaría ser adorado porque las necesidades no podrían ser satisfechas solas, esto es, sin el sudor de la contribución humana. Y la finalidad de toda esta empresa del trabajo sería la satisfacción de necesidades. Si esto fuese verdad, la crítica al trabajo tendría tanto sentido como la crítica a la ley de gravedad. Porque, ¿cómo una «ley natural» efectivamente real puede entrar en crisis o desaparecer? Los oradores del campo del trabajo social –desde la socialité engullidora de caviar, neoliberal y maníaca por la eficiencia hasta el sindicalista barriga-de-cerveza– quedan en una situación embarazosa con su seudonaturaleza del trabajo. Al final, ¿cómo pueden explicarnos que hoy tres cuartas partes de la humanidad estén hundiéndose en un estado de calamidad y miseria solamente porque el sistema social del trabajo ya no necesita su trabajo? No es más una maldición del Antiguo Testamento –«comerás tu pan con el sudor de tu frente»– que pesa sobre los que cayeron fuera, sino una nueva e implacable condena: «No comerás porque tu sudor es superfluo e invendible». ¿Y será esto una ley natural? No es nada más que el principio social irracional que aparece como coerción natural porque destruyó, a lo largo de los siglos, todas las otras formas de relación social o las sometió y se impuso como absoluto. Es la «ley natural» de una sociedad que se considera muy racional, pero que, en verdad, sólo sigue la racionalidad funcional de su dios-trabajo, a cuyas «coerciones objetivas» está dispuesta a sacrificar el último resto de humanidad.

«El trabajo está siempre, por más bajo y mamonístico que sea, en relación con la naturaleza. Sólo el deseo de realizar trabajo conduce ya a la verdad y a las leyes y prescripciones de la naturaleza, que son la verdad.» (Thomas Carlyle, Trabajar y no desesperar, 1843)