2. La sociedad neoliberal del apartheid

Una sociedad centralizada en la abstracta irracionalidad del trabajo desarrolla obligadamente la tendencia al apartheid social cuando el éxito de la venta de la mercancía «fuerza de trabajo» deja de ser la regla y pasa a ser la excepción. Todas las fracciones del campo del trabajo, superando a todos los partidos, ya aceptaron disimuladamente esa lógica e incluso la refuerzan. Ya no enfocan su luchan sobre si cada vez más personas son empujadas al abismo y excluidas de la participación social, sino sobre cómo imponer la selección.

La fracción neoliberal deja confiadamente el negocio sucio y social-darwinista a la «mano invisible» del mercado. En este sentido, están siendo desmontadas las redes socioestatales, para marginar, preferentemente sin ruido, a todos aquellos que no consiguen mantenerse en la competencia. Sólo son reconocidos como seres humanos los que pertenecen a la hermandad de los ganadores globales, con sus sonrisas cínicas. Todos los recursos del planeta son usurpados sin vacilar para la máquina capitalista del fin en sí mismo. Si esos recursos no son movilizados de una manera rentable, quedan en «barbecho», incluso cuando, al lado, grandes poblaciones se mueren de hambre. Lo incómodo del «desecho» humano cae bajo la competencia de la policía, de las sectas religiosas de salvación, de la mafia y de los comedores de caridad. En los Estados Unidos y en la mayoría de los países de Europa central, ya existen más personas en prisión que en la media de las dictaduras militares. En América Latina, son asesinados diariamente más niños de la calle y otros pobres por el escuadrón de la muerte de la economía de mercado que opositores en los tiempos de la peor represión política. A los excluidos sólo les queda una función social: la de ser un ejemplo aterrador. Su destino debe incentivar a todos los que aún forman parte de la carrera de «peregrinación a Jerusalén» de la sociedad del trabajo en la lucha por los últimos puestos. Este ejemplo debe incitar a las masas de perdedores a mantenerse en movimiento, para que no se les ocurra la idea de rebelarse contra las vergonzosas imposiciones.

Pero, incluso pagando el precio de la autorresignación, el admirable mundo nuevo de la economía totalitaria deja para la mayoría de las personas apenas un lugar, como hombres sumergidos en una economía sumergida. Sometidos a los ganadores bien remunerados de la globalización, se tienen que ganar la vida como trabajadores ultrabaratos y esclavos demócratas en la «sociedad de prestación de servicios». Los nuevos «pobres que trabajan» tienen el derecho de limpiar los zapatos de los businessmen de la sociedad del trabajo o de venderles hamburguesas contaminadas o, si no, vigilar su shopping center. Quien dejó su cerebro en la sombrerera de la entrada hasta puede soñar con un ascenso al puesto de millonario prestador de servicios.

En los países anglosajones, este mundo de horror ya es realidad para millones; en el Tercer Mundo y en Europa del Este, ni qué hablar; y el continente del euro se muestra decidido a superar, rápidamente, su atraso. Las publicaciones económicas no hacen ningún secreto de cómo imaginan el futuro ideal del trabajo: los niños del Tercer Mundo, que limpian los parabrisas de los automóviles en las bocacalles contaminadas, son el brillante modelo de la «iniciativa privada», que debería servir de ejemplo para los desempleados del desierto europeo de la prestación de servicios. «El modelo para el futuro es el individuo como empresario de su fuerza de trabajo y de su propia previsión social», escribe la «Comisión para el Futuro de los Estados Libres de Baviera y Sajonia». Y aún más: «La demanda de servicios personales simples es tanto mayor cuanto menos cuestan, esto es, cuanto menos ganan los prestadores de servicios». En un mundo en el que todavía existiese la autoestima humana, una frase de este tipo debería provocar una revuelta social. Sin embargo, en un mundo de animales de trabajo domesticados, apenas provoca un resignado balanceo de cabeza.

«El ratero destruía el trabajo y, a pesar de eso, obtenía el salario de un trabajador; ahora debe trabajar sin salario, pero, incluso en la cárcel, tiene que presentir la bendición del éxito y de la ganancia (…) Se lo debe educar para el trabajo moral en cuanto acto personal libre a través del trabajo forzado.» Wilhelm Heinrich Riehl, El trabajo alemán, 1861.