11. La crisis del trabajo

Después de la Segunda Guerra Mundial, por un breve período histórico podía parecer que la sociedad del trabajo en las industrias fordistas se había consolidado en un sistema de «prosperidad eterna», en el cual la insoportabilidad del fin en sí coercitivo hubiese sido pacificado duraderamente por el consumo de masas y el Estado Social. A pesar de que ésta ha sido siempre una idea ilótica y democrática que sólo se refería a una pequeña minoría de la población mundial, en los centros fracasó también necesariamente. Con la tercera revolución industrial de la microelectrónica, la sociedad mundial del trabajo llegó a su límite histórico absoluto.

Que este límite sería alcanzado tarde o temprano, era lógicamente previsible. Pues el sistema productor de mercancías padece, desde su nacimiento, de una contradicción incurable. Por un lado, vive del hecho de absorber en masa energía humana mediante el gasto de trabajo para su maquinaria: cuanto más, mejor. Por otro, sin embargo, impone, de acuerdo con la ley de la competencia empresarial, un aumento de la productividad, por la cual la fuerza de trabajo humana es sustituida por capital objetivado cientifizado.

Esta autocontradicción ya fue la causa profunda de todas las crisis anteriores, entre ellas la desastrosa crisis económica de 1929-33. Sin embargo, estas crisis siempre podían ser superadas por un mecanismo de compensación: en un nivel cada vez más elevado de productividad, eran absorbidas –después de un cierto tiempo de incubación y a través de la ampliación de mercados integradora de nuevos segmentos de consumidores– mayores cantidades de trabajo que las de aquel anteriormente racionalizado. Se reducía el gasto de fuerza de trabajo por producto, pero se producía en términos absolutos más productos, de modo que la reducción podía ser compensada. En cuanto las innovaciones de los productos superaban a las innovaciones de los procesos, la autocontradicción del sistema podía traducirse en un movimiento de expansión.

El ejemplo histórico a destacar es el del automóvil: por medio de la cadena de montaje y otras técnicas de racionalización de la «ciencia del trabajo» (primero en la fábrica de Henry Ford, en Detroit), se redujo el tiempo de trabajo para cada automóvil en una fracción. Simultáneamente, el trabajo se intensificó de manera gigantesca, esto es, en el mismo intervalo de tiempo se absorbió material humano de forma multiplicada. Principalmente el automóvil, hasta entonces un producto de lujo para la alta sociedad, pudo ser incluido en el consumo de masas por su consecuente abaratamiento.

De esta manera, a pesar de la racionalización de la producción en línea, el hambre insaciable de energía humana del dios-trabajo fue satisfecha en un nivel superior. Al mismo tiempo, el automóvil es un ejemplo central del carácter destructivo del modo de producción y consumo altamente desarrollado de la sociedad del trabajo. En interés de la producción en masa de automóviles y del transporte individual en masa, el paisaje es asfaltado, impermeabilizado y se vuelve feo, el medio ambiente contaminado y se acepta resignadamente que en las calles del mundo, año tras año, se desencadene una tercera guerra mundial no declarada con millones de muertos y mutilados.

Con la tercera revolución industrial de la microelectrónica concluye el mecanismo de compensación por la expansión, hasta entonces vigente. Es verdad que, obviamente, a través de la microelectrónica, muchos productos también se abaratan y se crean otros nuevos (principalmente en la esfera de los media). Pero, por primera vez, la velocidad de innovación del proceso supera a la velocidad de innovación del producto. Por primera vez, más trabajo es racionalizado que el que puede ser reabsorbido por la expansión de los mercados. Como continuación lógica de la racionalización, la robótica electrónica sustituye a la energía humana, o las nuevas tecnologías de comunicación vuelven el trabajo superfluo. Sectores enteros y niveles de la construcción civil, de la producción, del marketing, del almacenamiento, de la distribución e incluso del gerenciamiento son excluidos. Por primera vez el dios-trabajo se somete, involuntariamente, a una ración de hambre permanente. Así, provoca su propia muerte.

Una vez que la sociedad democrática del trabajo ha llegado a ser un sistema con el fin en sí mismo maduro y autorreflexivo, no es posible dentro de sus formas ninguna alteración para una reducción de la jornada general. La racionalidad empresarial exige que masas cada vez mayores se conviertan en «desempleados» permanentemente y, de este modo, queden separados de la reproducción de su vida inmanente al sistema. Por otra parte, un número cada vez más reducido de «ocupados» son sometidos a una caza cada vez mayor de trabajo y eficiencia. Incluso en los centros capitalistas, en medio de la riqueza vuelven la pobreza y el hambre, medios de producción y áreas agrícolas intactas quedan en «barbecho», viviendas y predios públicos en masa permanecen vacíos, mientras que el número de los sin-techo crece sin cesar.

El capitalismo se transforma en un espectáculo global para minorías. En su desesperación, el dios-trabajo agonizante se convierte en caníbal de sí mismo. En busca de sobras para alimentar el trabajo, el capital dinamita los límites de la economía nacional y se globaliza en una competencia nómada de represión. Regiones mundiales enteras son aisladas de los flujos globales de capital y mercancías. En una ola de fusiones e «integraciones no amistosas» sin precedentes históricos, los monopolios se preparan para la última batalla de la economía empresarial. Los Estados y naciones desorganizados implosionan, y las poblaciones, empujadas a la locura de la competencia por la supervivencia, se atacan en guerras étnicas de bandos.

«El propio capital es la contradicción en proceso, pues tiende a reducir el tiempo de trabajo a un mínimo, mientras que pone, por otro lado, el tiempo de trabajo como única medida y fuente de riqueza (…) Así, por una parte, convoca para la vida a todos los poderes de la ciencia y de la naturaleza, así como de la combinación y del intercambio social para hacer que la creación de la riqueza sea (relativamente) independiente del tiempo de trabajo empleado en ella. Por otro lado, pretende medir esas gigantescas fuerzas sociales, así creadas, por el tiempo de trabajo, y contenerlas dentro de los límites exigidos para mantener como valor el valor ya creado.» (Karl Marx, Grundrisse, 1857-1858)

«El principio moral básico es el derecho del hombre a su trabajo (…) desde mi punto de vista no hay nada más detestable que una vida ociosa. Ninguno de nosotros tiene derecho a esto. La civilización no tiene lugar para los ociosos.» (Henry Ford)