Interesante texto (o desternillante, todo depende del punto de vista con que se lea) tomado de la edición en portugués de la revista Krisis (Alemania) publicación original (Manifest Gegen Arbeit) es de junio de 1999.

Traducción del portugués: Roberto Duarte (Laboratorio de Geografía Urbana/Departamento de Geografia/Universidad de San Pablo).


Grupo Krisis

Manifiesto contra el trabajo

1. El dominio del trabajo muerto

Un cadáver domina la sociedad: el cadáver del trabajo. Todos los poderes alrededor del mundo se han unido para la defensa de este dominio: el Papa y el Banco Mundial, Tony Blair y Jörg Haider, sindicatos y empresarios, ecologistas alemanes y socialistas franceses. Todos ellos sólo conocen un lema: ¡trabajo, trabajo, trabajo!

Los que todavía no desaprendieron a pensar, reconocen fácilmente que esta postura es infundada. Puesto que la sociedad dominada por el trabajo no atraviesa una simple crisis pasajera, sino que alcanzó su límite absoluto. La producción de riqueza se desvincula cada vez más, como consecuencia de la revolución microelectrónica, del uso de la fuerza de trabajo humana, en una escala que hace unas pocas décadas sólo podía ser imaginada como ficción científica. Nadie puede afirmar seriamente que este proceso se puede detener o, más aún, invertir. La venta de la mercancía fuerza de trabajo será en el siglo XXI tan prometedora como la venta de vagones correo en el siglo XX. Quien, en esta sociedad, no consigue vender su fuerza de trabajo es considerado «superfluo» y se lo juzga un inútil.

¡El que no trabaja, no come! Este fundamento cínico vale todavía hoy, y ahora más que nunca, justamente porque se ha vuelto desesperantemente obsoleto. Es un absurdo: la sociedad nunca fue tan sociedad del trabajo como en esta época en que el trabajo se hace superfluo. Exactamente en su fase terminal, el trabajo revela claramente su poder totalitario, que no tolera otro dios a su lado. Hasta en los poros de lo cotidiano y en las interioridades de la psiquis, el trabajo determina el pensar y el obrar. No se ahorra ningún esfuerzo para prorrogar artificialmente la vida del dios-trabajo. El grito paranoico de «empleo» justifica incluso acelerar la destrucción de los fundamentos naturales, ya hace mucho tiempo reconocida. Los últimos obstáculos para la comercialización generalizada de todas las relaciones sociales pueden ser eliminados sin crítica, cuando se coloca en perspectiva la creación de unos pocos y miserables «puestos de trabajo». Y la frase: «Sería mejor tener ‘cualquier’ trabajo que no tener ninguno» se convierte en una profesión de fe exigida de modo general.

Cuanto más claro queda que la sociedad del trabajo llegó a su fin definitivo, tanto más violentamente se reprime este fin en la conciencia de la opinión pública. Los métodos de esta represión psicológica, aun siendo muy diferentes, tienen un denominador común: el hecho mundial de que el trabajo ha demostrado su fin en sí mismo irracional que se volvió obsoleto. Este hecho viene redefiniéndose con obstinación en un sistema maníaco de fracaso personal o colectivo, tanto de individuos como de empresas o «localizaciones». La barrera objetiva al trabajo tiene que aparecer como un problema subjetivo de aquellos que cayeron fuera del sistema. Para unos, el desempleo es producto de exigencias desmesuradas, de falta de disponibilidad, aplicación y flexibilidad de los desempleados; en cuanto a los otros, acusan a «sus» ejecutivos y políticos de incapacidad, corrupción, ambición desmedida de ganancias o traición al interés local. Pero al fin todos concuerdan con el ex presidente alemán Roman Herzog: se necesita una «sacudida», como si el problema fuese semejante al de la motivación de un equipo de fútbol o de una secta política. Todos tienen, «de alguna manera», que aportar carbón, aunque ya no haya carbón, y todos tienen, «de alguna manera», que poner manos a la obra con vigor, aunque no haya ninguna obra que hacer, o únicamente obras sin sentido. Las entrelíneas de este mensaje infeliz dejan muy en claro esto: quien, a pesar de todo, no disfruta de la misericordia del dios trabajo, es culpado por sí mismo y puede ser excluido, o aun descartado, con buena conciencia.

La misma ley del sacrificio humano vale a escala mundial. Un país tras otro es triturado bajo las ruedas del totalitarismo económico, que comprueba siempre la misma cosa: no se han alcanzado las llamadas leyes del mercado. El que no se «adapta» incondicionalmente al curso ciego de la competencia total, no tomando en consideración ninguna pérdida, es penalizado por la lógica de la rentabilidad. Los portadores de esperanza de hoy son la chatarra económica de mañana. Los psicóticos economistas dominantes no se dejan perturbar en sus valientes explicaciones del mundo. Aproximadamente tres cuartas partes de la población mundial ya fueron declaradas desecho social. Una «localización» tras otra cae en el abismo. Después de los desastrosos países «en desarrollo» del Hemisferio Sur y de la desaparición del capitalismo de Estado de la sociedad mundial del trabajo en el Este, los discípulos ejemplares de la economía de mercado del Sudeste asiático desaparecerán igualmente en el infierno del colapso. También en Europa se extiende desde hace mucho tiempo el pánico social. Los caballeros de la triste figura de la política y el gerenciamiento prosiguen con su cruzada de manera aún más firme en nombre del dios-trabajo.

«Cada uno debe poder vivir de su trabajo: es el principio inamovible. Así, el poder vivir está determinado por el trabajo y no hay ninguna ley donde esta condición no haya sido realizada.» Johann Gottlieb Fichte, Fundamentos del Derecho Natural según los Principios de la Doctrina de la Ciencia, 1997.